—¿Le duele á usted?

—No, señor.

—¿Hace usted malas digestiones?

—¡Por ahí!

—¿Siente usted ardores?...

—¡Quiá! Lo que me pasa es que yo soy de mucho comer, y que en cuanto como algo más que lo de costumbre, siento aquí un peso...

—¿Y repugnancia?

—No, señor: nada más que el peso, que me dura como un par de horas... hasta que...

—¿Vomita usted, eh?

—No, señor: me quedo como un reló... y con un hambre de dos mil demonios.