Cuando se agota este catálogo, tiene Galindo á su disposición otro más abundante todavía. Por el procedimiento de las pajaritas de papel, hace, entre mil primores, catedrales y navíos de tres puentes; y de un tijeretazo solo, sobre el mismo papel convenientemente plegado, saca una procesión de Jueves Santo, con sus pasos, curas, monaguillos, autoridades, músicas y piquete. De sombras en la pared, no digo nada; ni tampoco de problemas de dibujo á lápiz, á punta de cigarro y hasta á moco de candil: así pinta el día y la noche, el sol y la lluvia, de dos ó tres rasgos, y gatos y perros... y demonios colorados.
En la calle, no hay forastero á quien él no conozca de vista y de trato. Sabe las rentas ó las trampas de cada uno, y lo que antes tuvieron y lo que esperan, ó lo que temen, y la vida que hacen en Madrid, y quién de ellos trae señora propia, y quién pegadiza ó temporera, y dónde la ha adquirido y á cómo, y quién se la corteja y con qué éxito, y si el cortejo es andaluz ó salamanquino...
Hablando de parecidas cosas conmigo en una ocasión iba delante de nosotros el aludido, sin haberle visto yo.
—En suma—me dijo:—el duque de los Frijoles es un perdido, y la duquesa, tan perdida como el duque.
Y en esto volvió la cara el tal; y cuando yo creí que iba á romper el bautismo al maldiciente, rióse hacia él, le tendió la mano y le dijo afectuosísimo:
—¡Ah, tuno! ¿conque venía usted detrás?
—¿En qué lo ha conocido usted?—le preguntó Galindo muy sereno.
—En la voz. Y apuesto á que estaba usted despellejando á alguien.
—Precisamente.
—Amigo de usted, por supuesto.