La primera vez que vino, tuve el gusto de conocerle y de estudiarle, porque un amigo mío con quien yo en cierta ocasión paseaba, era amigo suyo también: saludóle al cruzarse con él, dióle éste el dedo, y juntos, retrocediendo nosotros dos, continuamos los tres aquella tarde; pues por la tarde era cuando esto sucedía, y en el alto de Miranda, cerca de la ermita.

Según íbamos andando, iba el barón devorando con los ojos el hermoso panorama que se descubría desde allí. Á la izquierda, la ciudad amontonada, oprimida, agarrándose unas casas á otras, como con miedo de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante, después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía mojando los cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas de pueblecillos; después sus cerros ondulantes, y detrás de todo, los abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno. Á la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste... y lo demás que sabe el lector tan bien como yo.

—¡Hermoso es todo esto!—dijo mi amigo al barón, cuando notó, por los gestos de éste, que la misma idea debía andar rodando por sus mientes.

—Sí,—contestó lacónicamente el barón.

—Hasta la ciudad tiene algo de curioso, así tendida...

—Derramada,—corrigió enérgicamente el otro, después de lanzar de su boca, con la fuerza de un cohete, medio cuarterón de tabaco.

Y tomó el rumbo del Sardinero, siguiéndole nosotros con trabajillos: tan veloz era su andar.

Hay en aquel crucero, durante las tardes de verano, algo como laberinto de gentes y carruajes, que van y vienen. El barón surcaba impávido sus revueltas dificultades, como si éstas fueran su elemento, ó llevara en su mano la punta del famoso hilo de Ariadna. Verdad es que yo no he visto una fuerza de codos como la suya, ni una facilidad más asombrosa para dejar, á su paso, figuras ladeadas y sombreros fuera de la vertical. Nosotros nos colábamos por el surco que él iba abriendo.

Al comenzar la bajada del camino, y en terreno ya más despejado, acortó un poco la marcha, y describió con la vista un arco desde Cabo Mayor á Cabo Quejo; abrió los ojos desmesuradamente, y su pecho y sus narices se dilataron, cual los de noble corcel que aspira el aire de la rozagante pradera, tras de obscuro cautiverio. Era indudable que el espectáculo le agradaba. Después estrelló la mirada contra las tabernas y los bardales inmediatos, frunció las cejas, escupió recio... y apretó el paso.

Así llegamos al Sardinero, y, sin momento de descanso, visitamos la galería, y la playa, y las casas una á una (exteriormente, se entiende), y las fuentes, y los paseos; y como un torbellino atravesamos el puentecillo[1] y llegamos á la capilla, enfrente de la cual tuvo el barón la buena ocurrencia de hacer un alto. Dióse luego media vuelta sobre sus talones, y encarándose con cuanto habíamos visto desde que comenzamos á bajar, como si quisiera hacer un resumen de todo ello,