—¡Gran naturaleza!—exclamó, hasta con su poco de entusiasmo.

—¡Admirable!—dijimos nosotros, haciendo coro á su himno.

—Pero sin arte,—añadió, dejándonos con las notas entre los labios, y en la duda de si también alcanzaba su censura á la humanidad que hormigueaba por allí.

Y sin más explicaciones, describió la otra media vuelta que le faltaba, y emprendió la marcha hacia la Magdalena, como si el camino le fuera conocido.

Después de contemplar un instante el panorama del Puntal desde el polvorín, echó cambera arriba por detrás de éste. Indudablemente tiene este hombre un instinto particular para adivinar sendas y caminos.

Hasta dar con el de Miranda, no dijo una palabra, ni tampoco su respiración se agitó una sola vez. Lo mismo son para él las cuestas arriba que lo llano. Es un roble que anda.

Al bajar á la ciudad, le pidieron limosna, como á todo transeúnte, los pobres del paseo de la Concepción.

Al primero le largó un bufido que heló la plañidera retahila en su gaznate abierto. Más abajo le tendió su arrugada diestra una anciana que estaba sentada á la sombra de un árbol. Entonces el barón, que parecía no fijarse en nada, después de llevar una mano al bolsillo, acercóse á la pobre y depositó algo en su regazo remendado. Miré hacia ello quedándome dos pasos atrás, y vi que eran monedas de plata. ¿Fué casual la acertada distinción que hizo entre los dos pobres, ó es que la costumbre de dar muchas limosnas le ha enseñado á distinguir los buenos de los malos, con una sola mirada?

Ya en Santander, ofrecímosle billete para concurrir al Círculo de Recreo. Aceptóle, y acompañámosle por si quería ver sus salones y encrucijadas. Preguntónos por el de lectura, llevámosle á él, y no quiso visitar los restantes, especialmente el de juego; enteróse de la lista de los periódicos que se recibían allí, dió un vistazo á la biblioteca, y después de decirnos que en aquel departamento había más pasto para el cuerpo que para el alma (señalando respectivamente á la mesa de los papeles y á los estantes de los libros), salimos hacia la calle, sin mirar él siquiera á los que jugaban á la baraja á cuarenta grados de calor, entre nubarrones de humo de tabaco.

Cuando le dejamos á la puerta de la fonda en que se había hospedado, nos dió el índice, se descubrió toda la cabeza con la otra mano, y ofreciéndonos con un ademán fino y expresivo su habitación, trepó hacia ella... no sin haber estrellado antes, con un resoplido, contra el suelo del portal, el medio tabaco que le quedaba entre los labios.