Tras ellos está siempre, estando en tierra, con las manos á la espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante ó en la sereña tendida.

—¡Quieto, quieto!—exclama á lo mejor, si nota que el corcho se mueve y el pescador se apresura á tirar.—Ésa es picada falsa... Ahora, ahora muerde... ¡Fuera con él!

Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo!; y si el pez no es pancho, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean panchos ó lobinas lo que se pesque, él lo destraba, confundiéndose entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.

Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña tan pacientes como la fama supone; pero, poco á poco, fueron éstos acostumbrándose á las cosas del señor marqués (que, por otra parte, no peca de roñoso con los del oficio), y hoy todos le toleran y hasta le encuentran devertido y celebre.

Mas no son éstas sus ocupaciones de carácter; quiero decir, que no viene para sólo eso el señor marqués á Santander.

Cuando llega, ya le está esperando una barquía perfectamente limpia y carenada, con los necesarios útiles de pesca, incluso la guadañeta para maganos.—Prefiere la barquía, porque teniendo todas las condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la otra.—Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ella, á su disposición; y según que el marqués prefiera las porredanas ó las llubinas, le conducen á la boca del puerto, ó á las puntas de arena de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está tempestuoso; pues por chubasco más ó menos, no deja él de embarcarse para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.

Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla, lleva para el sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón. Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver á comer á casa á la hora conveniente.

Durante la pesca, transige con que los marineros le ceben los anzuelos ó le reemplacen con otra nueva una tanza rota, ó le desengarmen el aparejo, cuando éste se le enreda entre peñas ó en la caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso en el hierrecillo traidor.

Un día quiso lanzarse á correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras: y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía á mecerse en pleno mar, y á columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está como un plato), pensó que la costa bailaba el fandango, cambió la peseta, y tuvieron los dos marineros que llevarle á puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.

Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento», contentándose, hasta mejor ocasión, con el anfiteatro de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.