Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo el arte como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.

—Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía—dice con desconsuelo á sus remeros é instructores, cada vez que éstos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos.—Esta pesca es al vuelo, digámoslo así: hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.

Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza á la cara toda la tinta, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración á sus proezas.

Tal es el verdadero punto negro de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, ó no pesca nada, si no se le cuentan como pesca tal cual dolor de cabeza, ó romadizo, que de esto no le falta, gracias á Dios, durante la temporada.

No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar á las personas de su mayor aprecio con el producto de sus bregas de pescador. Que cuando no pesca habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida á ésos y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.

La temporada de este tipo concluye cuando los noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje á brea y á parrocha, gratifica generosamente á sus dos camaradas de campaña, después de pagarles el alquiler de la barquía, y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo á Santander.

Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:

Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda donde yo estaba sentado. Plantóse á la puerta; dió en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano; oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo; carraspeó tres veces; levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:

—Señor don Juan: pic... pic... pic... pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar). Siete veces picó, y yo quieto... quieto... quieto... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes á puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo; y ¡rissch! tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, á dos brazas de la Horadada... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré á usted la carnicería que resulte... Adiós, señor don Juan.

Y se fué.