Á las cuales preguntas jamás han dado las interrogadas una respuesta satisfactoria; porque á decir verdad, no están ellas mucho más enteradas en el asunto que los preguntantes. Y bien sabe Dios que hacen todo lo posible por ajustar á sus amigas las cuentas al menudeo; pero sea porque el asunto es harto sencillo y no necesita explicaciones y está á la vista, ó porque realmente hay malicia para disfrazarle, es lo cierto que las de Madrid no acuden al interrogatorio con la claridad que desean las de Guerrilla.
—¡Dichosa de ti—dicen éstas á Ofelia en sus frecuentes confidencias con ella;—dichosa de ti que puedes vivir en la corte con todas las ventajas que te dan tu posición y tu figura!
—No tanto como creéis,—contesta Ofelia entre desdeñosa y presumida.
—¡Ay! no me digas eso... Di que Dios da nueces... ¡Aquí te quisiera yo ver todo el año!
—De modo que, mejor que aquí, desde luego os confieso que se pasa allí el tiempo; pero de esto á lo que vosotras pensáis...
—¡Madrid! con aquellos paseos, con aquellos teatros, con aquella tropa y aquellas músicas... Todo el día estarás oyéndola, ¿verdad?
—Psé... Como no sea alguna vez que voy á la parada con mamá...
—¡Á Palacio!... ¡qué hermosura!... estará la plaza llena de generales.
—Ni se arrepara en ellos, chicas... La última vez que fuimos se empeñó el coronel entrante en que tomáramos asiento en el pabellón...
—Y tú, con esa sequedad condenada, no querrías.