—Claro está que no.

—¡Uf, qué rara, hija!... ¡Me da coraje ese genio! No me extraña que te sucedan ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

—Por de pronto, aburrir á tus proporciones y hacerlas creer que las desprecias, que es lo mismo que si las tiraras por la ventana... Ya ves cómo lo creyó aquél de quien nos hablabas ayer...

—¡Mira qué ganga!... Un simple catredático.

—Ya se ve, ¡como tienes otros adoradores de alto copete!

—No lo dirás por el comendante que me echó la carta por debajo de la puerta.

—Ya sabes tú que voy por más arriba.

—Por el marqués de la esquina, ¿eh?

—¿Se llama así?