—¡Como hay tantísimos de alquiler!...

—Es verdad.

—Por supuesto, que te escribirás con el marqués.

—Anda, curiosa, picarona: ¿quieres saber tanto como yo? ¡Esas cosas no se dicen, ea!

Y con esto, ó algo parecido, y cuatro palmaditas sobre el hombro de la preguntona, corta Ofelia el interrogatorio á que todos los días se la somete, y cambia de conversación.

Entre su madre y doña Calixta pasa, en el ínterin, algo por el estilo.

—¿Y cómo no se anima su esposo de usted á acompañarlas algún verano?—pregunta á la de Madrid la coronela.

—Porque no puede, doña Calixta.

—¡Que no puede!... ¡un hombre de su posición!

—Pues por lo mismo. ¡Usté no sabe, doña Calixta, qué bregas y qué laberientos trae ese hombre de Dios metidos en aquella cabeza! Ya se lo digo yo bien á menudo: «¡Cualquiera pensará que no tienes qué comer!».