—Lo mismo me pasa á mí con el coronel, Carmelita. Ahí le tiene usted metido en sus haciendas todo el año de Dios. Hoy, que está levantando la presa de una fábrica de harinas; mañana, que va á los cierros con un regimiento de cavadores; otro día, que está cercando una mies que compró la víspera; ahora, que construye una casa de labor; después, que entró la peste en la ganadería y ha tenido que visitarla con los albéitares; cuando que los colonos; cuando que el administrador... ¡Nunca jamás tiene un día para ver á su familia!... «Pero, hombre—le he dicho algunas veces,—sacrifica media semana siquiera para saludar á estas señoras tan buenas y que tanto nos quieren...». Como si callara, Carmelita...
—Pues sucediéndole á usted eso con su esposo, ¿cómo le extraña que el mío no nos acompañe jamás?
—Creía yo que los negocios de ese caballero no serían de los que amarran tanto como las aficiones de Guerrilla.
—¡Mucho más, doña Calixta! Figúrese usted que mi esposo no tiene hora libre. Estamos almorzando: carta del ministro de Hacienda para que se vea con él inmediatamente; nos sentamos á comer: volante del gobernador que tiene que hablarle de continente; vamos á salir al Prado, ó á la Castellana, ó al teatro, ó al baile de Palacio, es de suponer: pues el diputado, ó el ayudante del general, ó el diablo, está ya á la puerta para que se vea en el azto con el presidente de las Cortes, ó con el capitán general, ó con el director de Beneficencia, sobre que la contrata, ó el suministro... Le digo á usted que él podrá ganar buenos caudales, pero buenos sudores le cuestan al pobre. Así es que algunos días tiene un humor que tumba de espaldas.
—Y ¿por qué no tiene un hombre de su confianza en quien descansar?
—Porque, como él dice, «hacienda, tu amo te vea». Lo mismo le pasará á su esposo de usted.
—Es verdad; pero ya que tan bien le ha ido y le va con los negocios, ¿por qué no se retira de una vez? La salud ante todo, Carmelita. Y para una hija sola que tiene...
—Cierto es eso; pero los negocios parece ser que están enredados unos con otros, y que no es tan fácil como se cree echar el corte cuando se quiere... Y si no, pregúnteselo usted al coronel.
—En verdad que algo de eso suele decirme á mí Guerrilla cuando le llamo codicioso, y le aconsejo que lo deje todo y se venga al lado de su familia.
—Pues velay, usté.