—»Que no se sabe si le tendrá en su casa el marqués de X, ó el conde de Z, ó D. Pedro, ó D. Juan, ó D. Diego.
—»Que resueltamente se hospedará en casa del señor de Tal».
Eso, y mucho más por el estilo, cuentan, corrigen, desmienten, rectifican y aseguran todos los días estos periódicos locales, con el testimonio de los de Madrid y algunas correspondencias particulares, desde mayo á fin de julio, casi en cada año, refiriéndose á alguno de los personajes que á la sazón se hallen en candelero.
Un día vemos conducir á hombros, por la calle, una lujosa sillería, un espejo raro, una mesa de noche muy historiada... algo, en fin, que no se ve en público á todas horas; observamos que las señoras indígenas transeúntes se quedan atónitas mirando los muebles, y hasta las oímos exclamar:—«Son para el gabinete que le están poniendo. El espejo es de Fulanita, la mesa de Mengano y la sillería de Perengano».
Y llega el tantos de julio; y por la tarde se ven fraques, levitas y tal cual uniforme, camino de la Estación, y además el carruaje que envía el señor de Tal, propio, si le tiene, y si no, prestado.
Poco después estallan en el aire, hacia el extremo del andén, media docena de cohetes, y casi al mismo tiempo se oye el silbido de la locomotora que entra en la Estación. Luego salen de ella los viajeros vulgares, y puede verse en el fondo, enfrente de la puerta, un grupo de personas apiñadas, confundiéndose en él, con el oro de los uniformes, el negro paño de la media etiqueta; el cual grupo se cimbrea de medio arriba muy á menudo, dejando ver, á tiempos, en su centro, una persona erguida é impasible, como ídolo que recibe la incensada; después el del centro del grupo, con otros tres de la circunferencia, toman asiento en el carruaje; sale éste al trote de sus caballos; síguenle, echando los pulmones por la boca, dos docenas de granujas impertinentes, y una pareja de guardias municipales que llevan los paraguas y los abrigos de algunos de los que van en el coche, y vuelven á verse los mismos fraques y galones de antes camino de la Dársena, pero dispersos y en desorden.
Y andando, andando, el carruaje llega al punto de su destino.
—¿Cuál de ellos es?—pregunta algún curioso, al ver apearse á los del coche.
—Ése que va enmedio...
—Pues no tiene la mejor traza,—replica el preguntante, con cierto desaliento, en la creencia, sin duda, de que el hombre está obligado á embellecerse á medida que asciende en la escala de los empleos.