—¡Santísimo Dios!—exclamó echándose hacia atrás.
Después volvió á observar aquello con mayor detención, hasta que fué cayendo en la cuenta de lo que era.
—¡Y decir á Dios—pensó,—que por estos cuatro colgajos se habrá pagado un dineral!
En esto observó que por debajo de una de las piezas de la alhaja asomaban las puntas de un papel cuidadosamente plegado.
—Será la cuenta—se dijo.—Vamos á ver si asciende á tanto como las otras dos juntas.
Tiró del papel, le desdobló... y se quedó hecho una estatua al leer en él lo siguiente:
«Cumplo, Isabel, el más grato de mis propósitos, haciendo llegar á sus manos el disputado aderezo, y espero verle esta noche por corona sobre la reina de la belleza. Allí estará para recoger las prometidas gracias, su apasionado
Vizconde».
El primer cuidado de Ramón, después de leer esta fineza cursi, disimulando cuanto pudo la impresión que le causaba, fué despedir al criado.
—Yo se lo entregaré á mi cuñada,—le dijo.