—Pues bien—dijo resuelta:—acepto ese favor, y prometo en pago de él explicar á usted esta noche la causa de este capricho.
—Y yo voy á dar el recado inmediatamente.
—Hasta la noche... y gracias,—dijo Isabel con amable sonrisa.
—Iré á recogerlas,—respondió el vizconde despidiéndose y saboreando el placer que sentía al considerar el arma que en sus manos colocaba Isabel.
—He aquí—pensaba ésta entre tanto,—cómo hasta del hombre más molesto y antipático puede sacarse un gran partido... ¡Oh! ¡no digo dos mil duros, diez años de mi vida me hubieran parecido hoy poco para comprar una ocasión como la que se me presenta de humillar la tonta vanidad de esa mujer!
IV
Una hora más tarde, y vueltos ya de paseo Carlos y Ramón, éste bostezaba aburrido y solo en el salón que ya conocemos, mientras su hermano despachaba un asunto urgente, de los mil que le ocurrían á cada instante, desde que había dado á sus negocios una extensión tan extraordinaria. De pronto apareció un criado, llevando un grande y vistoso estuche sobre una bandeja de plata.
—¿Adónde vas con eso?—preguntó maquinalmente Ramón.
—Acaban de traerlo para la señorita,—respondió el fámulo.
Ramón, que, como buen aldeano, era curioso, detuvo á éste, cogió el estuche, miróle por todas partes, le abrió al cabo, y entonces los rayos de un verdadero pedregal de diamantes le hirieron la vista.