—Pues de usted será.
—¿Cómo?
—Haciendo que se le entregue á usted.
—¿Y qué dirá esa señora?
—Ya inventaremos una disculpilla.
—Entonces envío por él...
—¿Olvida usted que es indispensable que yo mismo dé la orden?
Isabel no pudo disimular un gesto de desagrado.
—¿Y por qué ese reparo?—dijo el vizconde tratando de vencerle para el mejor éxito del plan que se proponía.—Yo tengo que pasar ahora por la joyería necesariamente. Nada más sencillo que decirle al joyero que envíe el aderezo á su casa de usted en lugar de enviarle á la de esa otra señora. Él se alegrará mucho del cambio... y á mí me saldrá más barato el servicio,—añadió sonriendo maliciosamente el galante personaje.
Isabel vió cumplido su afán de tanto tiempo y no reflexionó más.