—Ni mucho menos,—respondió el vizconde, sin acabar de comprender el interés que Isabel iba mostrando en el asunto.

—¿Y cree usted que llegará á serlo?—volvió á preguntar.

—Si yo no quiero, no.

—¡Cómo así!—dijo Isabel visiblemente disgustada con tal respuesta.

—Muy sencillo—replicó el vizconde perfectamente en su terreno ya.—He presenciado alguna de las infinitas luchas que han tenido el joyero (que precisamente es el de usted) y la compradora; y como conozco la dificultad material en que ésta se halla de vencer el obstáculo y la debo no pocas atenciones, he querido proporcionarla hoy un buen rato. Al efecto, he dicho al joyero: «envíe usted el aderezo á esa señora, diciéndola que acepta su oferta; y yo le respondo á usted de la diferencia, y aun del valor total si es necesario». De manera que á la hora presente esa joya es mía más que de la Rocaverde.

—¿Aunque yo se la pida al joyero?

—Aunque usted se la pida; porque precisamente para prevenirme contra toda eventualidad, le dije que puesto que el aderezo quedaba por mi cuenta, no dispusiera de él sin mi permiso verbal ó escrito.

Isabel se quedó pensativa, sin poder disimular el disgusto que esta contrariedad le causaba. El vizconde, por el contrario, veía en el afán de aquélla algo que le ofrecía una ocasión de serla necesario, y lo tomó en cuenta.

—Hablemos claros, Isabel—dijo sin preámbulos.—¿Usted desea adquirir ese aderezo?

—Sí—respondió Isabel sin escuchar más que á su capricho,—y á todo trance.