—No lo comprendo.
—El joyero no vende más que al contado á ciertos parroquianos.
—¿Y qué?
—Que la Rocaverde, por más que exprime y combina, nunca saca más de treinta mil reales.
—Pero tendrá crédito.
—Hasta cierto punto,—dijo con sonrisa burlona el vizconde.
—¿Y tanto empeño muestra por la joya esa señora?
—Júzguelo usted: ha cometido la ligereza de enseñársela en el escaparate á algunas de sus amigas, como cosa ya de su pertenencia y comprada exclusivamente para estrenarla esta noche.
Isabel no podía ocultar su gozo porque la fortuna se mostraba con ella más que propicia. Se le venía á la mano la ocasión más oportuna que podía desear para satisfacer su mayor anhelo.
—¿De manera—insistió con ansiedad,—que todavía no es suyo ese aderezo?