Y se detuvo de repente, como si temiera decir algo más de lo que convenía.

Pero esta reserva excitó más la curiosidad de Isabel, que había comenzado á acariciar una esperanza.

—Veo—dijo con intención de obligar más al vizconde,—que ese aderezo encierra algún misterio, y me arrepiento de haber intentado descubrirle.

—¡Qué diablo!—exclamó el vizconde como si venciera un escrúpulo.—¿Por qué no lo ha de saber usted? Se trata de un aderezo que vale algo más de lo conveniente para esa señora.

—¿Tan económica se ha vuelto?—preguntó Isabel con aire de la más inocente sencillez.

—Ó tan necesitada. Vale la joya dos mil duros.

—¿Y cuánto da por ella?

—Treinta mil reales.

—¡Diferencia harto mezquina!

—Sin embargo, se disputa hace un mes.