No se necesitaba ser un gran fisonomista para comprender, por la cara de un hombre que recorría á cortos pasos la calle de Carretas de Madrid, en una mañana de enero, que aquel hombre se aburría soberanamente; y bastaba reparar un instante en el corte atrasadillo de su vestido, chillón y desentonado, para conocer que el tal sujeto no solamente no era madrileño, pero ni siquiera provinciano de ciudad. Sin embargo, ni de su aire ni de su rostro podía deducirse que fuera un palurdo. Era alto, bien proporcionado y garboso, y se fijaba en personas y en objetos, no con el afán del aldeano que de todo se asombra, sino con la curiosidad del que encuentra lo que, en su concepto, es natural que se encuentre en el sitio que recorre, por más que le sea desconocido.
Praderas de terciopelo, bosques frondosos, arroyos y cascadas, rocas y flores, eran las galas de su país. Nada más natural que fuesen las grandes vidrieras y los caprichos de las artes suntuarias el especial ornamento de la capital de España, centro del lujo, de la galantería y de los grandes vicios de toda la nación.
Este personaje, que debía de llevar ya largas horas vagando por las aceras que comenzaban á poblarse de gente, miraba con impaciencia su reló de plata, bostezaba, requería los anchos extremos de la bufanda con que se abrigaba el cuello, y tan pronto retrocedía indeciso como avanzaba resuelto.
En una de éstas, bajó á la Puerta del Sol y comenzó á mirar en todas direcciones, como quien se halla en un país enteramente desconocido. Al cabo, preguntando á unos y consultando á otros, llegó á la calle del Príncipe y entró en un espacioso portal, cuya elegante escalera subió rápido. Llamó á la puerta del primer piso, y atravesando alfombrados corredores con la desenvoltura propia del que ni los envidia ni los necesita, llegó á un ancho salón cubierto de maravillas de lujo, y allí se detuvo, vacilante, unos momentos. El silencio que reinaba en la habitación y la escasa luz que penetraba por los pesados cortinajes, cortaron evidentemente sus bríos.
En tal situación de ánimo, se dejó caer en una butaca, junto á un velador sobrecargado de dijes y papeles.
Mientras manoseaba maquinalmente algunos de éstos, comenzó á recorrer la estancia con la vista, más avezada ya á la obscuridad que le envolvía...
Y aquí caigo yo en la cuenta de que voy dando á este mozo cierto aire siniestramente misterioso, que así cuadra á su carácter como á un santo una pistola, y de que esto me obliga á poner las cosas en su punto antes que las sospechas del lector lleguen adonde no deben llegar.
Al efecto, con esa virtud maravillosa, inherente al novelista libre, voy á hacer que mi hombre piense recio; recurso precioso que ha engendrado el monólogo y el aparte en el teatro, merced á lo cual se entera del más recóndito pensamiento de un personaje el espectador más sordo, sin que de él se percaten sus más inmediatos interlocutores.
Y manoseando papeles el de la bufanda, cayéronsele dos al suelo; y cediendo á esa tentación que no es propia exclusivamente de las mujeres, sino también de los hombres cuando nadie los ve, después de recogerlos sobre la alfombra, leyó en uno de ellos:
—...«Por un aderezo de oro y perlas... ca... tor... ce mil...». ¡Qué barbaridad!