Y luego en el otro:

—«...Por dos cortes de vestido... siete mil cuatrocien...». ¡Ave María Purísima!

(Esto ya lo dijo plegando las cuentas y dejándolas sobre el velador):—He aquí dos despilfarros que harían feliz á una familia pobre... ¡Desventurado Carlos! Á este paso no te bastan las minas del Potosí.

Después volvió á pasear su vista por la habitación.

—Naturalmente—pensó:—á tal templo, tales vestiduras... ¡Y si fuera esto sólo!—continuó, llevando sus meditaciones á otra parte;—¡si fuera esto sólo lo que me hormiguea en el alma! Pero anoche, aquellas horas de venir á casa, sola, peor que sola, con ese mequetrefe extraño... su intimidad con él; la indiferencia de ambos hacia el marido... la impasibilidad de éste... ¿Podrá llegar la moda á justificar tales hechos?... De todas maneras, Carlos no es tonto; yo no he tenido tiempo de hablar con él todavía... En fin, ello dirá—exclamó muy recio, levantándose y mirando su reló.—¡Canastos!—murmuró;—las diez y media ya, y nadie resuella en esta casa. Pues dígote que andarán bien servidos tus litigantes... ¡Por vida de... Carlos!... ¡Carlitos!... (Esto lo gritaba acercándose á una de las puertas inmediatas).

Entonces, bajo las colgaduras que la asombraban, apareció, envuelto en perezosa bata, un hombre de regular estatura, de rostro bello, aunque muy pálido y ojeroso, coronado por una frente ancha y bien delineada, sobre la que caían, en elegante y natural desorden, algunos mechones de cabellos negros y lustrosos.

—¡Querido Ramón!—exclamó tendiendo los brazos al que le llamaba.

—¡Acabaras de levantarte, caramba!—dijo el llamado Ramón, correspondiendo con igual expresión de cariño.

—¡Cómo qué!... Si hace dos horas que estoy en mi despacho.

—Pero durmiendo.