—Trabajando, si te parece.

—Que para el caso es igual; porque si tú no dormías, dormiría Isabel.

—Eso sí que no lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Como que duerme ahí enfrente, y á las horas que mejor le parecen.

—¡Y viva la autonomía! como ahora se dice. Pues, hombre, sábete que por respetos á ella no entré á sacarte de entre sábanas. Figúrate que me levanté á las siete, porque la cama nueva, aunque sea de blandas plumas, siempre se extraña, además de que yo soy, por hábito, madrugador; en seguida me eché á la calle, y he recorrido la mayor parte de las de la capital, y me he extraviado en la mitad de ellas; he visto cuanto puede verse de balde en Madrid, en tres horas de incesante movimiento; me he aburrido mucho; he vuelto á casa... y aquí me tienes,—añadió Ramón, mirando con extraña curiosidad la cara de su interlocutor.

—¡Pobre montañesuco!—exclamó Carlos riendo;—¿conque no te divierte Madrid por la mañana?

—Ni tampoco por la noche,—respondió Ramón intencionalmente, buscando nuevos puntos de vista á la cara de Carlos.

—Ya se ve, como no se parece á nuestro pueblo...

—Por desgracia...