—Pero ¿qué diablos miras con tanto empeño?—preguntó Carlos, chocándole la curiosidad de Ramón.

—¿Quieres hacerme el favor—replicó éste muy serio,—de abrir una de esas vidrieras que dan á la calle?

—¿Para qué?...

—Para que entre la luz... No me arreglo bien con las medias tintas.

Carlos complació á Ramón, y volvió á sentarse á su lado. Entonces éste, aprovechándose de la claridad que inundaba la sala, miró á su sabor la cara del primero, y no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.

—Carlos—exclamó alarmado,—anoche, medio aturdido aún con el zarandeo del viaje, y á la luz artificial, no pude darme cuenta de tu fisonomía; pero ahora veo por ella... que no estás bueno...

—¡Ave María!—respondió Carlos esforzándose por sonreir.—Te ciega tu cariño de hermano.

—No, ¡vive Dios!... Y es que sin duda trabajas demasiado.

—Te aseguro que me sobra salud.

—Yo insisto en que te falta mucha de la que tenías. Mira, Carlos, que en la posición que ocupas, jamás te perdonaría, ni tampoco Dios, que te afanases por ahorrar algunos maravedís... Verdad es que gastas largo y tendido; pero tu mujer es rica.