—Y en tu concepto, ¿esa razón me excusa de trabajar?
—De matarte trabajando, sí... Y ¡qué diablo! en último caso, ¿no vales tú medio Madrid, cuanto más una millonaria?... Nada, chico, date vida de canónigo, ya que puedes, que de soltero bien sudaste el pan que comiste... Y cuenta que esto mismo respondí á nuestro tío Pablo no ha muchos días, cuando me dijo: «Desengáñate, Ramón: Carlos hizo la gran jugada del siglo».
—¡Eso dijo!—repuso Carlos con gesto de mal reprimido disgusto.—¡Cuántos, Ramón, dirán aquí otro tanto al verme pasar! ¡Y te extraña que trabaje como si lo necesitara para comer!
—Luego trabajas mucho.
—Trabajo mucho, sí... ¿Á qué negártelo?—contestó Carlos con decisión.—Trabajo—continuó con aire de lícito orgullo,—cuanto necesito para sostener mi casa á la altura en que la ves.
—¿Y también los gastos de tu mujer salen de ese trabajo?—preguntó Ramón, quizá recordando las dos consabidas cuentas.
—También—respondió Carlos,—y en ello fundo mi mayor satisfacción.
—¡Alma de Dios!... Tú te estás matando... Y ¿por qué?... ¡Voto al!... No, señor, eso no es justo... ni siquiera decente. Tú, tan honrado, tan caballero, trabajando diez años hasta adquirir un nombre que es hoy la gloria del Foro español, ¿no has de tener derecho para descansar al amparo de ese mismo dinero que has ganado, y de lo que, por ser de tu mujer, es tuyo legítimamente?
—No conoces, Ramón, la villana condición de las gentes, ni sabes hasta qué punto soy yo aprensivo—repuso Carlos con cierta amargura.
—Además—añadió con repugnancia,—el diablo no sosiega; y si un día, entregado yo á la holganza, imbuyera en Isabel esa idea...