—¡Cómo!
—¡Oh! yo nada sospecho—se apresuró á decir éste:—al contrarío, Isabel es la bondad misma; pero quiero ponerme en todos los casos y vivir prevenido. Además, el trabajo me es indispensable... la ociosidad me enerva.
—¿Y sabe ella todo eso?
—Si lo supiera no lo consentiría... ¡Pero de todo te pasmas, hombre!—añadió Carlos, fingiendo una admiración que estaba muy lejos de sentir.
—No es extraño—dijo con sorna Ramón.—Soy nuevo en Madrid y vengo de nuestra aldea... Por eso, si mis preguntas te ofenden, perdona mi franqueza ruda, pero leal, y me callo como un muerto.
—¿También sensible?—se apresuró á decir Carlos en el tono más afable que pudo, creyendo haber ofendido la cariñosa sinceridad de su hermano.—¿De cuándo acá necesitas tú mi autorización para sondearme la conciencia?
—Pues entonces, prosigo—dijo Ramón con la mayor formalidad.—¿Quién administra los bienes de Isabel?
—¿Quién ha de administrarlos sino yo?
—Claro; y ella creerá que todas sus rentas se consumen.
—Jamás trató de averiguarlo.