Isabel era buena y de muy nobles y honradas inclinaciones; pero tenía demasiados atractivos para dejarla sola en una región en que la lisonja, la galantería, el lujo y todas las vanidades imaginables, entran por lo más esencial.

Sin embargo, Isabel no había conocido otro elemento que aquél: trasplantarla á otro más humilde, era desorientarla, sofocarla, violentar su carácter, contrariar, tal vez, los deseos de su padre, que allí se la entregó, pues Carlos no desconocía que al pasar Isabel de la tutela de su padre á la suya, no había cambiado de terreno, digámoslo así, sino de pastor.

¿Cuál de todos estos inconvenientes era el más atendible?

En la posición de Carlos no era fácil decirlo.

He aquí el razonamiento que por conclusión se hacía después de una batalla por el estilo: «Mientras yo no tenga un motivo serio que exponerla por disculpa, no debo alejarla del mundo; hablarla de precauciones, sería ofender su virtud, ó acaso despertar el enemigo que aún no conoce... En todo caso, dejemos pasar los días sin perder por completo de vista los acontecimientos, y... ello dirá».

Arreglado á este modo de pensar, Carlos adoptó un sistema conciliador, dejando de ir á la sociedad sin retirarse de ella por entero.

Y así las cosas, crecieron las necesidades de su casa, y para cubrirlas todas tuvo precisión de aumentar las horas de su trabajo; pero á costa de su salud. Isabel no reparó siquiera en ello.

Éste fué el golpe más rudo que sufrió la resignación de Carlos; pero tampoco tenía derecho á quejarse de él. Su mujer podía decirle siempre: «¿por qué trabajas?» y á él no le era dable, decentemente, responderla: «porque no puedas decirme nunca que vivo á expensas de tu dinero».

Falto de salud y recargado de trabajo y de disgustos, se retiró por completo de la sociedad, y entonces empezaron sus grandes amarguras; porque al considerarse lejos del peligro, dió en verle en su fantasía con proporciones colosales, y á su mujer caminando hacia él, vencida por una atracción irresistible.

Pensó en conjurarle de una vez para siempre, apelando á su indisputable autoridad de marido. Para ello era preciso hablar á Isabel, con cierto cuidado sí, pero hablarla al alma. La ocasión era la que jamás se presentaba. La misma mujer que, considerada lejos de él, le inspiraba tan serios cuidados, ¡le parecía de cerca tan incapaz de faltar á sus deberes! ¡Mostrábase siempre tan serena, tan digna, tan en posesión de sí misma! ¡Inspirábale tal confianza cuando la comparaba con la marquesa, su vecina é inseparable amiga; cuando observaba el efecto de burla y aun de lástima, que en ella causaban las trivialidades y flaquezas de la fatua cortesana!