—Andando, pues,—dijo Isabel, tomando alegremente el brazo de su cuñado.
El apreciable matrimonio salió detrás.
Al quedarse solo Carlos, dejó caer su cuerpo en una butaca y la cabeza entre sus manos.
Debo al lector la explicación de estas tristezas y la de algunas, al parecer, incongruencias de carácter de este personaje. Ninguna ocasión como ésta para echar un párrafo sobre el particular.
Carlos no engañó á su hermano cuando le dijo que al casarse con Isabel, no existía entre ambos una pasión ni mucho menos. Isabel conocía las brillantes cualidades morales de Carlos, que, por otra parte, era un mozo distinguidísimo y agradable. Un rival de más noble alcurnia y de mayor lustre social, quizás hubiera hecho muy difícil, si no imposible, el proyectado enlace; pero ese rival no existía ni Isabel le echaba de menos, especialmente desde que conoció los deseos de su padre en favor de su joven protegido. El anciano letrado no podía ignorar, con su experiencia y su talento, que su hija, en poder de un hombre sin más título que los de una ejecutoria ni más ambiciones que las de los vanos triunfos del lujo y la ostentación, llevaba muchas probabilidades de ser desgraciada, contribuyendo á ello su mismo caudal, que había de servir, sin duda alguna, para sostener esas mismas vanidades, cuando no otras menos lícitas del vanidoso.
De aquí su idea de unirla á Carlos, cuya modestia, cuya laboriosidad, cuya hidalguía, cuyo talento, formaban raro contraste con la petulancia, con la ligereza, con la ignorancia, con el impudor de la juventud brillante que en derredor veía.
En cuanto á Carlos, con la poco común hermosura de Isabel, su carácter noble y su fortuna inmensa, ¿cómo había de rechazar el pensamiento de su protector?
Cierto es que cuando consideraba con todos sus peligros la región que era el elemento natural de su novia y descendía á meditar sobre sus propias tendencias, tendencias al trabajo, al aislamiento del hogar y á la modestia en todo, cruzaban por su fantasía cuadros que no eran de color de rosa y horizontes nada risueños; mas ¿para qué servían el buen sentido y la previsión y tantas otras dotes que no le faltaban á él? Además, en todas partes hay media legua de mal camino, y no era mucho el contrapeso de estos imaginarios peligros tratándose de las positivas ventajas que se le iban á las manos.
Cuando, terminado el luto por la muerte de su padre, volvió Isabel al gran mundo, Carlos, que ya había formado su resolución de sostener su casa á expensas de su trabajo para evitar los inconvenientes que le hemos oído exponer á su hermano, la acompañó siempre; pero no tardó en comprender que, así por sus ocupaciones como por carácter, le era imposible continuar por semejante senda. Aquel mundo, sobre robarle las mejores horas de estudio y de meditación, le oprimía, le asfixiaba; sus vanidades le afligían y sus exigencias le repugnaban.
Entonces llegó para él la cuestión grave. Su retirada le era indispensable; pero al retirarse ¿dejaba á Isabel allí, ó se la llevaba consigo? Esto, ¿con qué derecho? Aquello, ¿con qué razón de buen sentido?