Á esta misma época pertenece la reunión á que vamos á asistir como espectadores el lector y yo; fiesta trabajosa, como preparada con las rebañaduras de la antigua abundancia, y decidida entre angustias de bolsillo y exigencias de acreedor.
No por eso ofrecía su casa aquella noche triste aspecto: había rodado por ella demasiado la abundancia, para que no quedara en días de apuro algo con que cubrir las apariencias.
En cuanto á la concurrencia, se componía, como siempre, de lo mejor de la «buena sociedad» madrileña.
Allí estaba la encanijada solterona aristocrática, verdadera gaviota imponderable, envuelta en muelle plumaje de céfiros y encajes; la robusta matrona de plateados rizos y sonora voz, égida, guía y maestra de su pimpollo, aspirante á cortesana, fresca y delicada criatura que, viendo del revés sus conveniencias, buscaba aquel agosto sofocante para desarrollar sus abriles risueños; las del jubilado funcionario X***, de quienes se contaba que, puestas por su padre en la alternativa de comer patatas y vestir con lujo, ó comer de firme y vestir indiana, optaron sin vacilar por lo primero; la rolliza codiciada heredera de un banquero de nota, buscando con ojos de diamantes una ejecutoria de primera clase para ennoblecer las peluconas de su padre; la sublime viuda, de rostro dolorido, que entretenía allí sus penas mientras labraba en un claustro retirada celda para enterrarse en vida; la dama esplendorosa y rozagante que movía un huracán con sus vestidos y muchas tempestades con sus coqueterías; la inofensiva esclava del buen tono, que se exhibía así por cumplir un deber de su «posición»; la pudorosa beldad que recitaba arias de Norma y cantaba monólogos de Racine...
Pululando, culebreando, plegándose como mimbres ó irguiéndose como alcornoques (no siempre han de ser palmeras los términos de comparación), veíase al «distinguido» pollo, osado, enjuto y con el emblema de su linaje hasta en los faldones de la camisa; al joven sentimental que cantaba de tenor, y aguardando á que se lo suplicasen, lanzaba miradas de agonía á las mujeres sensibles; al «hombre de mundo» que cifra sus glorias en herborizar en la mies del vecino mientras abandona la propia á la rapacidad de otros botánicos; al ferviente demócrata, cuya sátira implacable era en cafés y en periódicos el azote de las clases de levita; pero que solía reconciliarse algunas veces con el frac y los guantes blancos, cuando le invitaban á codearse con la aristocracia, y, sobre todo, á cenar con ella; y por último, cruzando los salones, ó retorciéndose el mostacho enfrente de cada espejo, ó adoptando posturas académicas en cada esquina, al hombre parco en saludar, de ancho tórax y pescuezo corto, de buenas carnes y soberbia estampa, que no hablaba á nadie, pero que parecía decir á todo el mundo: «caballeros, esto es lo que se llama un buen mozo»; hombres felices si los hay, que al volver á casa esperan siempre oir llamar á su puerta al discreto lacayo que les trae perfumado billete en que la marquesa, su señora, les pide una cita y su amor.
Al paño, es decir, medio oculto entre los de una portière, el literato viejo, aplaudido autor dramático que buscaba en aquel cuadro modelos para sus caracteres, ó que gustaba de que creyesen los demás que eso es lo que hacía; el anciano papá que devoraba un bostezo, mientras sus hijas devoraban más afuera con los ojos otros tantos acomodos de ventaja; el recién presentado, joven de pocas malicias y menos resolución, que ardía en deseos de lanzarse á aquel mundo en que recreaba su vista, y no se atrevía, porque no conocía á nadie ni confiaba gran cosa en su travesura.
Más atrás, el hombre de Estado departiendo sobre la última sesión de Cortes ó preparando una combinación ministerial; el flamante gobernador de provincia, que le escuchaba á respetuosa distancia porque le debía el destino... y quizás el frac novísimo que vestía, y que concurría allí, según él, para dar un adiós al mundo de los placeres; según otros, á tomar aires de importancia y un poco de escuela que implantar en los salones del alcázar de su ínsula.
Hojeando los álbumes en los gabinetes, ó chupando los puros de la casa en las salas de fumar, el hombre de negocios, el rico banquero, el general encanecido en cien pronunciamientos, digo batallas, el periodista de nota, etc., etc., etc.
Y sobre todos estos grupos, por encima de tanto personaje, dominándolo todo, el tipo por excelencia, el hombre indispensable, la verdadera necesidad del presente siglo en las altas regiones de la moda: Lucas Gómez. Por eso su entrada en el salón era una entrada triunfal; y aunque indigesto de faz y mal cortado de talle, saludábanle las viejas, sonreíanle las mamás, mirábanle tiernas las solteronas y buscaban con ansia sus lisonjas las beldades más altivas.
Lucas Gómez era el cronista, el trompetero de aquellas fiestas; el mejor y más digno cultivador de esa literatura de patchoulí que ha fijado la reputación de ciertas publicaciones serias entre la gente «de importancia». De él eran, y nadie se las disputaba, ciertas frases felices de «buen tono»; de él eran los chocolates bullangueros, los tés bailantes, los colores fanés, los abriles de tul, las pasiones de popelina, y tantísimos otros neologismos con que se enriqueció la literatura elegante, que devoraban y devoran con especial deleite los nobles herederos de las glorias de aquellos grandes hombres cuyos hechos asombraban al mundo. Él, erudito de guardarropía, con una paciencia admirable hacía la historia y describía los mil detalles de cuanto llevaba sobre su persona cada mujer; él restauraba á las feas llamándolas simpáticas; él sahumaba á las hermosas comparándolas con el arrebol de la aurora ó con un bouquet de violetas, lirios y rosas de Alejandría; él adulaba á la obesa mamá llamándola gentil matrona, y mal había de andar el asunto para que la enjuta y acartonada solterona de ojos de basilisco y hocico de merluza, no alcanzara en sus crónicas, cuando menos, la cualidad de espiritual; hacía á todos los hombres de negocios, opulentos; á todos los militares, bizarros; á todos los periodistas, eminentes; á todos los títulos de Castilla, preclaros varones; á todos los artistas, inspirados, y á todos los gacetilleros, populares literatos.