Para aquel hombre todo se subordinaba á las leyes del buen tono: hasta la muerte; pues al gemir sobre la fresca tumba de una dama noble, no recordaba sus virtudes, ni las fingía siquiera, sino que inventariaba sus roperos, sus joyas, sus carruajes, sus admiradores y sus talentos para brillar en aquel mundo que perdía en ella el mejor de sus atractivos, el más esplendente de sus astros.

Tal era Lucas Gómez, el mimado y lisonjero cronista de las fiestas del gran mundo cuyos buffets le engordaban.

Pues bien: hallándose reunidos todos los enumerados y otros muchos elementos por el estilo; estando, como si dijéramos, en pleno la reunión, fué cuando aparecieron en ella nuestros conocidos: radiante de satisfacción y de hermosura Isabel, descompuesta y febril la marquesa, en babia su marido, y hecho un mártir Ramón en su postizo traje de etiqueta.

Tres embestidas había dado aquella mañana la de Rocaverde al aderezo consabido, y ya se disponía el joyero á enviársele, de acuerdo con el encargo que, después de la segunda, le había hecho el vizconde, cuando se presentó éste otra vez en la tienda con la contraorden que sabemos.

Cómo se pondría la vanidosa señora al entender que no solamente no existía ya la alhaja en venta, sino que la había adquirido Isabel, y por mediación del vizconde, adivínelo el lector. Todos sus talentos de mujer de mundo, todo su don de gentes, toda su experiencia en el trato de ellas, fueron necesarios para que no cometiera aquella noche cien inconveniencias al «hacer los honores» de su casa. Iba y venía sin tregua ni sosiego, aunque risueña y cortesana siempre, sus ojos lanzaban fuego y su lengua era un cuchillo. Observándola bien, había en ella, como diría un imitador ramplón de las extravagancias de Víctor Hugo, algo del viento que zumba, algo de la pólvora que se inflama, algo del perro que muerde... sobre todo cuando recibió á Isabel y la vió engalanada con el fatal adorno. Centellearon sus ojos, y al estrecharla las manos con exagerada pasión, cualquiera diría que pulverizaba entre sus dientes las duras piedras del aderezo.

Isabel, que se gozaba en aquel martirio, hízole la presentación de su cuñado; recibióle ella con la burla más fina y más punzante que pudo proporcionarla su deseo de vengarse de algún modo de la hermosa dama; y tomando de la mano al impávido lugareño, llevóle de persona en persona á todas las de la reunión, presentándole como «un hermano político de Isabel, que acababa de llegar de su pueblo».

Importábanle muy poco á Ramón aquellas exhibiciones ridículas, puesto que las aprovechaba para recorrer mejor todos los rincones de la casa en busca del objeto que á ella le había conducido: el vizconde. Le había visto una sola vez, pero estaba seguro de que le conocería donde quiera que le hallara. Así es que cuando la condesa, acabada la burlesca revista, le soltó de su mano, Ramón, convencido de que el vizconde no se hallaba aún en la casa, sólo se cuidó de elegir en ella un punto desde el cual pudiera observar la llegada de aquél.

Y llegó, en efecto, á las altas horas, seguido de una pequeña corte de admiradores, invadiendo el salón principal como terreno conquistado.

Conocióle en el acto Ramón, y disimulando cuanto pudo sus intenciones, púsose sobre sus huellas y procuró no perderle de vista un solo momento.

Nada de particular observó en mucho tiempo, sino algún que otro rumor al pasar, referente á cierto chasco dado á la condesa, y alguna que otra mirada al adorno de Isabel; rumores y miradas que convertía al punto en substancia la aprensiva obcecación del sencillo aldeano. Su cuñada, entre tanto, aunque objeto, como siempre, de las atenciones de todos, no fijaba su conversación con nadie, y el vizconde mismo no había hecho más que saludarla, como á otras muchas personas.