Continuó la reunión con sus peripecias de carácter; y al llegar el cansancio y el hastío, que son dos de ellas, fuéronse replegando á las orillas muchos tertulianos que antes parecían no caber en el salón entero ni tener, en todas las de la noche, horas suficientes para gastar los bríos que llevaban.
De estos retirados eran el vizconde y sus amigos, que se habían colocado á la embocadura de un gabinete. Ramón se instaló en el gabinete mismo, ocultándole los pliegues de la cortina á las miradas del primero, y no tardó en advertir que los calaveras, vamos á decir, colmaban de felicitaciones y plácemes á su jefe, que éste recibía con afectada solemnidad, como un héroe las coronas. Llamábanle «Cid de los salones», «Sansón de toda esquivez», «rey de la reina» y otras cosas semejantes; respondía á todas el laureado, que «había cumplido su palabra»; que «las montañas más altas tienen, tanteadas de cerca, algún sendero por el cual son accesibles», y así por el estilo.
Hasta allí, el diálogo, aunque muy malicioso é intencionado, era soportable para el que le escuchaba afanoso detrás de la cortina; pero bien pronto salió á relucir el nombre de Isabel con todas sus letras, y entonces sintió Ramón una cosa dentro de sí con la cual no contaba. Zumbáronle los oídos, y una nube sangrienta le obscureció los ojos. Había ido á aquella casa con el único objeto de observar, y veía venir sobre su temperamento impresionable algo que iba á poder más que su resignación.
Tras el nombre de Isabel vinieron al diálogo las alusiones tan claras como injuriosas, y, por último, se evocó, por el mismo vizconde, con burla sangrienta, el de Carlos, «pacientísimo marido y predestinado borrego».
Al oir esto, Ramón no pudo sufrir más: ciego de ira, aunque conservando todavía una sombra de respeto al sitio en que se hallaba, cogió al vizconde, que hablaba desde el salón, por los faldones del frac; le metió de un tirón en el gabinete, y cuando allí le tuvo, le sacudió las dos bofetadas más sonoras que ha oído el presente siglo.
Terciaron los circunstantes, sujetaron al agresor, y empezaron en las inmediaciones los comentarios de costumbre: atribuyóse el lance por unos á alguna burla hecha por el vizconde al desentonado personaje; por otros á una disputa sobre política... por todos á todo menos á la verdad.
Entre tanto salió Ramón á la sala, no antes que la noticia del lance; buscó á Isabel, y al hallarla la soltó al oído un «vámonos de aquí» tan acentuado, tan entero, tan exigente, que no la permitió ni el tiempo necesario para avisar á la marquesa, que estaba lejos de ella.
Ya en el coche los dos, Isabel, que conocía algunos pormenores del suceso, atribuido por el rumor á una broma de mal género que se había querido dar á su cuñado, se atrevió á preguntarle:
—¿Y qué es lo que te ha ocurrido?
—Nada que pueda interesarte... por ahora,—respondió secamente Ramón.