No volvieron á hablar una palabra más en el trayecto que recorrieron juntos.

Al llegar á casa, preguntó Ramón por Carlos, y supo que estaba recogido ya. Dió las buenas noches á Isabel, y se encerró en su cuarto.

Arrojó lejos de sí el vestido opresor de etiqueta, sustituyéndole con el suyo cómodo y holgado; comenzó á pasearse como una fiera en su jaula, y de este modo pasó más de dos horas. Al cabo de ellas, rendido por su propia agitación más que por el sueño, tendióse vestido sobre la cama, y así dejó correr la noche.

¡Jamás le pareció otra más larga ni más penosa! Todo su afán era que viniera el día para hablar con Carlos.

VIII

Tan pronto como vió penetrar un rayo de luz por las vidrieras, saltó de la cama, dejó su habitación, se fué derecho á la de su hermano, en la cual entró sin anunciarse de modo alguno, y no se sorprendió poco cuando halló á Carlos paseándose y con señales de haber dormido tanto como él.

Al verle así, no tuvo valor para decirle de pronto toda la verdad. Sin embargo, juzgó preciso decírsela de alguna manera.

Carlos, por su parte, no pudo disimular el dolor que le causó la tan temprana visita de su hermano, cuyo aspecto sombrío no revelaba ninguna noticia tranquilizadora.

—Vengo—dijo Ramón por todo prefacio,—á que echemos un párrafo, y te ruego que te sientes.

Carlos se dejó caer como una máquina en un sillón, mientras su hermano se sentaba en otro á su lado.