El infeliz abogado se hallaba en la situación moral del reo á quien van á leer la sentencia que puede llevarle al patíbulo. El único resto de fuerza que le quedaba le empleó en sonreirse por todo disimulo. Después exclamó en son de broma:
—Bien está lo del párrafo; la hora es lo que me choca un poco.
—Pues no debe chocarte—repuso Ramón.—He dormido mal, porque no estoy acostumbrado á fiestas como la de anoche; y, por otra parte, ayer me autorizaste implícitamente, puesto que madrugas tanto como yo, á que entrara en tu aposento si me encontraba aburrido y solo en el mío.
—Corriente. ¿Y qué quieres decirme?
—Quiero... insistir en mis trece: en que eres poco venturoso.
—¡Otra vez!
—Otra vez y ciento.
—Pues yo insisto en que te equivocas... y te suplico que no volvamos á hablar del asunto. Soy rico, tengo algún nombre, Isabel es bella... en una palabra, tengo hasta el derecho de que se me crea feliz.
—Todo lo tienes, en efecto, menos una mujer que lea en tu corazón y se amolde á tus hábitos.
—Ya te he dicho que Isabel...