—Isabel no te comprende, ó, por mejor decir, no se toma la molestia de estudiarte. Tú te desvelas, tú consumes la vida miserablemente por ella; y ella, entre tanto, triunfa y despilfarra, y jamás tiene en sus labios una palabra de cariño en pago de tu abnegación.
—Pero Isabel es muy honrada...
—Y por ventura, ¿te atreverás á asegurarlo? ¡Harto hará si lo parece!
—¡Ramón!...
—No te amontones, y escúchame: tu mujer vive en una atmósfera en que la vanidad, la lisonja, las rivalidades del lujo y la coquetería entran por mucho, si no por todo; tu mujer es libre en esa atmósfera, como el pájaro en la suya; en esa atmósfera vive perpetuamente la seducción, y tu mujer es muy hermosa. ¿Tendría nada de extraño que, mientras tú duermes descuidado en la soledad de tu casa, tendieran en la del vecino redes á tu honra? ¿Y sería tu honra la primera que ha sido presa en esas redes?
—¡Por caridad, no me atormentes más!
—¿Luego lo crees posible?
—Sí—exclamó Carlos con voz terrible y con los puños crispados, dejando ya todo disimulo;—hay momentos en que hasta eso creo, y... ¡sábelo de una vez! padezco horriblemente. Mi dignidad, mi carácter, la gratitud que debo á su padre, el amor que he llegado á sentir por ella, su desvío aparente ó cierto hacia mí, su sistema de vida, el mundo, mi conciencia, mis deberes... todo esto junto, en revuelta y agitada lucha, es un puñal que tengo clavado en el corazón, y me va matando poco á poco.
—¡Desdichado! ¿Y por qué no le arrancaste?
—Porque no pude... ni puedo.