—Eres un niño débil, Carlos, y esa debilidad no te la perdonará Dios, ni el mundo tampoco.
—Y ¿qué he de hacer?
—¿Qué? Tener carácter. Tenle una vez, si aún es tiempo, ó te pierdes.
—¡Ay, Ramón!—exclamó Carlos con amargura:—eso mismo me lo digo yo cien veces al día; pero al llegar el momento decisivo; al recurrir á mi carácter; al imponerme con mi autoridad y mis derechos, me faltan las fuerzas, y, te lo confieso, hasta llego á creer que soy yo el reprensible, porque no me ajusto á sus costumbres.
—Pero ven acá, alma de Dios—dijo Ramón, ensañado contra aquella inaudita manera de discurrir.—¿No has pensado nunca en que lo que es hoy en Isabel un descuido, hijo de la agitación en que la trae el mundo, podrá trocarse mañana en indiferencia, y otro día en olvido, y después en desprecio... y, por último, en una afrenta para ti, porque ya no será el recuerdo de sus deberes ni el de tu honra valladar suficiente de su virtud, si hay quien sepa asediarla?
—Pero ¿por qué insistes tú con tan horrible tenacidad en ese tema, pregunto yo á mi vez?—repuso Carlos con mal reprimida desesperación.
—Porque me enciende la sangre el ver cómo te desvives por contemplar á tu mujer, y cómo haces traición á tu carácter y á tu talento para disculparla, cuando yo tengo pruebas de que Isabel... no lo merece.
Al oir esto Carlos, pensó ver abierto á sus pies el abismo de todos los dolores y de todas las afrentas. Faltáronle las fuerzas y el valor para preguntar cuanto le ocurría en su natural deseo de descubrir la amarga y temida realidad, y sólo pudo decir con voz ahogada, y mirando á su hermano con expresión de anhelo, de angustia, de horror y de esperanza, todo junto:
—¡Pruebas!... ¿De qué?
Ramón se disponía á responder algo que fuera la verdad, sin lo cruel de la verdad misma, cuando apareció un criado anunciando la llegada de dos personas que deseaban hablarle con urgencia, y no pudo menos de bendecir en sus adentros aquella casualidad que alejaba un poco más el momento de dar á Carlos el golpe fatal. Carlos, por el contrario, la maldecía, porque á la altura á que habían llegado las explicaciones, no podía permanecer más tiempo sin conocer la verdad. Entre tanto, uno y otro extrañaban aquella visita, supuesto que Ramón, fuera de su familia, no conocía á nadie en Madrid.