De pronto asaltó á éste el recuerdo del lance de la noche anterior, y antes que Carlos pudiera adquirir la menor sospecha, se levantó rápido y se hizo conducir por el criado á la presencia de los dos visitantes.

IX

—¿Es reservado lo que ustedes tienen que decirme, caballeros?—les preguntó sin más saludos.

—Cabalmente,—le contestaron.

—Entonces, pasemos á mi cuarto.

Y en él los introdujo, cerrando después cuidadosamente la puerta.

Carlos, mientras esto sucedía, estaba en ascuas. En ciertas situaciones de la vida, todos los ruidos, todos los movimientos, todos los colores, todo lo imaginable responde á un mismo objeto: al objeto de la preocupación que nos domina. Aquellos dos personajes preguntando por su hermano, á quien nadie conocía en Madrid; su ida «al mundo», su inesperada é intempestiva visita á su cuarto, la interrumpida conversación, todo esto era muy grave y todo le parecía íntimamente ligado con la tempestad que destrozaba su alma desde la noche anterior, y más especialmente desde las últimas palabras que le había dirigido su hermano. Ciego y desatentado salió tras él, vióle encerrarse en su cuarto con los dos recién llegados, á quienes tampoco conoció, y pareciéronle siglos los minutos que duró la secreta entrevista.

Veamos lo que pasó en ella.

Tan pronto como se sentaron los tres, dijo Ramón:

—Sírvanse ustedes manifestarme cuál es el objeto de su venida, pues yo no tengo el gusto de conocerlos.