Los desconocidos eran personas de gran pelaje: mucho gabán, mucha patilla, mucho guante, mucho olor á pomada y afeites, y, sobre todo, mucha afectada lobreguez de fisonomía.

Uno de ellos respondió á Ramón después de carraspear:

—Usted, caballero, no habrá olvidado el lance de anoche.

—¡Ni mucho menos!—exclamó ingenuamente Ramón.—Pero juraría que no les había visto á ustedes ni á cien leguas de él.

—Es lo mismo para el caso—dijo el otro en tono muy lúgubre.—Nosotros no venimos aquí por nuestra propia cuenta, sino por la del señor vizconde del Cierzo.

—¿Y qué se le ocurre tan temprano á ese señor?

—Lo que es natural que se le ocurra después del suceso de anoche.

—Pero como lo más natural en ese caso sería un dentista, y yo no lo soy...

—Nos permitirá usted que le advirtamos—dijo el hasta entonces silencioso embajador,—que hay ocasiones en que ciertas bromas no están justificadas.

—Respondo sencillamente á la observación que me ha hecho este otro caballero—replicó Ramón;—y como hasta ahora nada me han dicho ustedes que exija mayor solemnidad, no veo por qué ha de tomarse á broma mi respuesta.