—Pues bien—dijo el señalado por Ramón,—para abreviar y para entendernos de una vez: venimos de parte del señor vizconde del Cierzo á pedir á usted una satisfacción.
—¡Satisfacción á mí!—exclamó Ramón haciéndose cruces.—¿Por qué y para qué?
—Por lo ocurrido anoche, y para vindicar sin honor nuestro representado.
—¿Les ha dicho á ustedes ese señor por qué le abofeteé yo?
—Lo sabemos perfectamente.
—¿Y aún se atreve á pedirme satisfacciones?
—Es natural.
—¡Natural! ¿Por qué ley? ¿Con qué criterio?
—Por la ley que rige en toda sociedad decente, y con el criterio de todo el que se tenga por caballero.
—Pase la decencia de esa sociedad, siquiera porque estuve yo en ella; en cuanto á que el vizconde sea un caballero, lo niego rotundamente.