—Señor mío—exclamó el más soplado de los dos representantes,—hemos venido aquí á pedir á usted cuenta de un agravio hecho públicamente á un caballero, y no es esa respuesta la que á usted le cumple dar.

—Efectivamente; pero la doy porque la que procede no puedo dársela más que al interesado, que se ha guardado muy bien de ponerse á mis alcances.

—Es decir, que rehusa usted...

—¡Pues no he de rehusar?

—En ese caso, nombre usted otras dos personas que se entiendan con nosotros.

—¿Para qué?

—Para arreglar los términos en que usted y el señor vizconde...

—¿De cuándo acá necesito yo procuradores para esas cosas?

—Desde que no están autorizados los duelos sin ese requisito.

—¡Acabaran ustedes con mil demonios!... ¡Conque se trata de un duelo?