—Como usted se resiste á dar una satisfacción cumplida...
—Vamos, es ésa la costumbre... Y no extrañen ustedes ésta mi ignorancia, porque allá, en mi pueblo, no se gastan tantas ceremonias para romperse el bautismo dos personas que desean hacerlo.
—Ya lo suponíamos. De manera que, ahora que está usted al corriente de todo, no se resistirá á nombrar esas dos personas...
—Respecto á eso, señores míos, lo mismo que antes.
—¿Es decir, que tampoco quiere usted batirse?—dijo el emisario de más aire matón, mirando al desafiado con un poquillo de menosprecio.
—En manera alguna,—insistió Ramón muy templado.
—Me parecía á mí—objetó con desdeñoso gesto,—que cuando se abofeteaba á un hombre en público, habría valor suficiente en el agresor para responder más tarde con las armas en la mano.
—Poco á poco, señor mío—saltó Ramón muy amoscado.—Tengo mi opinión formada sobre eso que se llama entre ustedes lances de honor, opinión que no juzgo necesario exponer ahora; mas esto á un lado, y aún considerada la cuestión con el criterio de ustedes, creo que el único hombre que no tiene derecho para acudir á ese terreno es aquél á quien, como al vizconde, abofetea otro por haberle infamado cobardemente, y por lástima no le mata.
—¡Rancias ideas!...—exclamaron riendo ambos padrinos.
—Y ¿á quién hace usted creer—añadió uno de ellos,—que rehusa un lance por eso y no por otra cosa peor?