—¿Y á mí qué me importa que se crea ó que se deje de creer?—contestó Ramón con la mayor naturalidad.—Lo que puedo asegurar á ustedes es que á media vara de mis barbas no se reirá nadie de mí sin que le meta yo las suyas hacia adentro... Y esto les baste á ustedes.
—Ya se ve, cada uno tiene de su propia honra la idea que mejor le parece, por más que...
—¿Por más que, qué?—preguntó Ramón muy en seco.
—Por más que á la sociedad no le parezca tan bien.
—En pocas palabras, caballeros, y por si á ustedes les va pasando por la cabeza que puede ser miedo lo que me hace hablar así. Que tengo el corazón en su lugar, lo he visto ante cien peligros algo más graves que el que ofrece el cañón de una pistola de desafío, que acierta una vez por cada ciento que dispara; y en cuanto á lo demás... sin jactancia, no sería para mí, ni siquiera empresa difícil, echar á cada uno de ustedes por el balcón, ó á los dos juntos si me pusieran en ese caso.
—¡Caballero!—exclamaron los dos embajadores poniéndose muy foscos y de pie.
—Aseguro á ustedes—se apresuró á decir Ramón con la mayor ingenuidad,—que no he dicho eso en son de amenaza, ni mucho menos, sino para indicarles de algún modo que no es miedo ni debilidad lo que me domina... y para que les vaya sirviendo de gobierno.
—Pues bien—observó uno de los padrinos más dulcificado en tono y en gesto,—quiere decir, que usted ni da satisfacciones ni acepta un lance.
—Cabales.
—De manera que implícitamente autoriza usted á nuestro representado para que, donde quiera que le encuentre, pueda declararlo así...