—Su representado de ustedes—dijo Ramón ya muy cargado,—puede hacer eso y cuanto guste, porque corre de mi cuenta arrancarle á bofetadas los dientes que le dejaron en la boca las dos de anoche, donde le encuentre, con eso... y sin eso.

Miráronse los padrinos y no con gesto de burla; fingieron lamentarse del mal éxito de su cometido, porque conocían el carácter del señor vizconde y temían las consecuencias, y salieron haciendo reverencias á Ramón, que los condujo á un medio trote hasta la escalera, por temor de que oliera algo Carlos, que andaba rondando por las inmediaciones.

X

Reunidos otra vez los dos hermanos, enardecido más y más Ramón con la escena en que acababa de figurar, é inquieto como nunca Carlos con lo que aquél le había dicho al separarse de él, se hacía indispensable para ambos una explicación terminante de todo lo ocurrido. Bajo tal supuesto, Carlos dijo á su hermano, despojándose ya de todo miramiento:

—Ramón, no puedo dudar de lo entrañable del cariño que me tienes. Pues bien: ese cariño y el interés que, como nacido de él, debe inspirarte mi felicidad, te ponen en el caso de decirme, sin duelo ni consideración, cuanto pasa. Si lo que pasa es grave, para poder obrar yo en consecuencia; si son aprensiones mías, para mi tranquilidad... ¡Todo menos esta situación de horribles temores! ¿Qué significa esa visita; qué las últimas palabras que me dijiste al ir á recibirla; qué tu ida inesperada á la sociedad... qué, en fin, tantos otros sucesos raros que estoy observando desde ayer?

—Nada... y mucho—respondió Ramón, que siempre temía herir demasiado directamente el corazón de su hermano.—Nada, si aún es tiempo de atajar el mal en su progreso; mucho, si lo que he visto no son amagos, sino la enfermedad misma.

—Pero ¿qué has visto?—preguntó Carlos con ansiedad.—¿No reparas que en la situación en que se encuentra mi espíritu, más daño que la realidad misma me hacen los miramientos con que me la ocultas?

—¡Tienes razón, voto al demonio!—dijo Ramón conmovido.—¿Á qué tantos rodeos ni preparativos cuando el enfermo puede morirse entre tanto? Escucha. Las dos personas que acaban de estar conmigo, venían á pedirme una satisfacción en nombre del vizconde del Cierzo; esa satisfacción me la pedía el vizconde porque anoche le di dos bofetadas en casa de la condesa de Rocablanca, ó negra, ó verde, ó como se llame; le pegué las dos bofetadas allí, porque le oí jactarse de merecer de Isabel más atenciones de las que á tu honra convienen; se jactaba de ello, porque Isabel lucía unos diamantes que le había regalado él aquel día; y, por último, fui yo á la reunión aquélla, porque, después de sorprender por la mañana el regalo en tu propia casa, vi por la noche que Isabel le llevaba á la fiesta, lo cual era señal de que le aceptaba de buen grado, y quise ver en qué términos daba tu mujer á ese hombre las gracias que, por lo visto, le había prometido. Ésta es la historia compendiada de los sucesos. He aquí ahora la prueba del más grave.

Y esto dicho, Ramón, sacándole del bolsillo, puso en las manos trémulas de Carlos el billete que había encontrado en el estuche del aderezo.

Á medida que el primero iba acercándose al fin de su relato, se producía una notable transformación en el ánimo de Carlos.