Lo que aterraba á éste, antes de conocer aquellos datos, era la posibilidad de que le exhibieran una prueba de que Isabel no era ya dueña del corazón que jamás creyó él poseer por entero. En tal caso, el mal no tenía ya remedio. Isabel era mujer al cabo, y podía tener ésa y aun otras debilidades análogas. Pero lo que le decía Ramón era de un género incompatible con ella, y demasiado, por tanto, para tomado al pie de la letra. Isabel podría llegar á faltar á sus deberes, pero no de aquel modo; podría conquistar su virtud un hombre, pero no un hombre como el vizconde; podría vencérsela con una pasión, pero jamás con una dádiva, como á una esquiva niñera; podría, en fin, por una aberración de su talento y de su carácter, llegar á dejarse dominar por un acto semejante, y aun á recibir una expresión material de su cariño; pero hacer ostentación de ella á la faz del mundo, á la de su propio marido, jamás. Isabel podría serlo todo, menos vulgar y necia.

Arguyéndose así Carlos á medida que Ramón le hablaba, cuando tomó en sus manos el papel mencionado, asombróse el último al observar que no le producía el efecto que él temía. Carlos no estaba tranquilo, ni mucho menos; mas para el hombre que había llegado en sus recelos al punto á que él había llegado, la historia hecha por Ramón y el contenido ambiguo del billete eran, ya que no un consuelo, cuando menos una tregua en su posible desventura.

Así, pues, leído el papel con gran presencia de ánimo, dijo á Ramón:

—En todo esto hay un crimen indudablemente; una verdadera infamia, que no quedará impune; pero esta infamia no es, ni ser podía, de Isabel.

—¿De quién es entonces?—preguntó Ramón admirado.

—Del que firma este billete,—respondió Carlos estrujándole en su mano.

—Y ¿qué más da para ti?

—¡Mucho, Ramón! Pude haber perdido á Isabel á más de la honra; y hasta aquí no veo más que una apariencia de ello, tal vez preparada por ese miserable. Tremendo será esto para mí, pues rastros dejan tales apariencias que no se borran jamás; pero, al cabo, no es el peor de los dos males que me amenazaban.

—Pero ¿en qué puedes tú fundarte para aceptar esa idea?

—En tu propio relato, en este papel, en el carácter de tu cuñada... y en otras mil razones que tú no puedes alcanzar, porque no conoces como yo el mundo ni el corazón humano.