—¿Y en esa confianza vas á dormirte otra vez?
—¡Oh, eso no!—dijo fieramente Carlos, que ya se había puesto de pie.—Colocado para mis propósitos en la peor de las hipótesis, voy á proceder en todo, y sin pérdida de un solo instante, con la energía que tienes derecho á exigir de mí. ¡Yo te juro que no he de dar al mundo el triste espectáculo de un marido resignado!
Y esto dicho, y dejando á Ramón en su cuarto, se dirigió al de Isabel.
XI
Habíase ésta levantado rato hacía, porque su sueño de aquella noche no había sido tan tranquilo como los de costumbre, merced al recuerdo del lance de su cuñado; recuerdo á que, en la soledad de sus meditaciones, daba mil formas y colores diferentes, aunque, en honor de la verdad, le examinó por todas partes menos por donde debía, lo cual prueba la gran tranquilidad de su conciencia en ese particular, y hasta qué punto se embotan los espíritus más sutiles cuando sólo se alimenta la cabeza de pueriles vanidades.
Grande fué su sorpresa cuando vió entrar á Carlos, cuyo semblante disimulaba mal el estado de su alma.
—Isabel—la dijo, sentándose á su lado,—seguramente que no podrás tacharme, en buena justicia, ni de hombre egoísta ni de marido intolerante.
La sorpresa de Isabel rayó en asombro al oirle hablar así.
—Y ¿por qué me dices eso?—le preguntó.
—Porque no me califiques de importuno ni de ligero por lo que pienso decirte; porque entiendas que estás en este momento en el caso de hablarme con la lealtad que tengo derecho á esperar de tu carácter y de las consideraciones que te he guardado siempre.