—Por favor, Carlos—dijo Isabel angustiada:—si quieres que responda á tus propósitos, dime claro cuáles son éstos, y no me atormentes más con ese lenguaje tan extraño en ti.
—Voy á hacerlo. Respetos á la memoria, para mí siempre sagrada, de tu padre, y á tus propios merecimientos, me impidieron, desde que soy tu marido, decirte lo que, pesándome demasiado sobre el corazón, ha venido haciendo de mi vida un martirio insoportable.
—¡Carlos!
—Sí, Isabel: un martirio horrible, un calvario angustioso.
—Pero ¿por qué?
—Por no atreverme á decirte: «El género de vida que traes, el elemento en que vives, lejos de mí, lejos de toda verdad, es la senda que conduce más fácilmente al olvido de todos tus deberes».
—Pero ¿me hablas de veras, Carlos?
—Con el corazón en los labios, Isabel; y déjame continuar. No me atrevía á decirte: «La mujer que lo consagra todo á los triunfos livianos del mundo, está muy próxima á arrastrar por los salones su propio decoro y la honra de su marido».
—¡Pero eso es enorme, Carlos! Yo no te he autorizado ni con mis actos ni con mis palabras para que tan duras me las dirijas.
—Déjame concluir, Isabel, porque me abrasan los labios otras que necesitas oir por tu propio bien y para desahogo de mi corazón. No quise decirte nunca: «En la imposibilidad en que me hallo de ajustarme á tus costumbres, porque en ese mundo no quepo yo, porque me ahogo en él, amóldate tú á mis hábitos sencillos y tratemos de hacer en nuestro hogar una residencia de amor y de ventura, á lo que podemos aspirar por muchos títulos». Yo no podía decirte esto, porque, diciéndotelo, creía ofender la rectitud de tus miras y la nobleza de tu corazón, en las cuales creía con ciega fe. Pero al mismo tiempo que te creía incapaz de faltar á lo que á mí me debes y á lo que te debes á ti propia, temía las apariencias de ello; porque es ley de ese mundo que habitas, quemar lo que se le acerca ó manchar lo que quemar no puede... Desgraciadamente—añadió Carlos con voz sorda,—ya no es posible evitar que caigas en uno de estos dos peligros.