—¡Jesús!—exclamó Isabel fuera de sí.

—¡Es la verdad!

—Y después de decírmela de ese modo, ¿pretendes que te agradezca esas contemplaciones que me has guardado y han sido la causa de que lleguemos á ese extremo... que tú conocerás, porque yo no sé todavía de qué se trata?

—No busco tu agradecimiento, Isabel, sino tu lealtad. ¡Demasiado lamento y maldigo esas contemplaciones!

—¡Y bien?...

—Cálmate.

—¡Que me calme!—dijo Isabel con voz terrible, levantándose erguida;—¡que me calme cuando me acusas quizá de una infamia! ¡que me calme cuando me afrentas!

—¡Oh, repara, Isabel, que, al afrentarte á ti, me afrentaría á mí propio! Yo no soy, pues, quien te afrenta.

—Pero, Carlos, ¿me quieres volver loca, ó lo estás tú?... ¿Quién puede ser capaz de sospechar de la rectitud de mis acciones, ni siquiera de la de mis pensamientos?

—Óyeme un instante más. Anoche ocurrió un lance de mal género en los salones de la condesa de Rocaverde.