—Y ¡tú has podido creerlo, Carlos?—exclamó Isabel en el paroxismo de la desesperación, arrasados sus ojos en lágrimas.
—Yo—respondió Carlos sordamente,—no he tenido más remedio que leer lo que dice este billete.
Y alargó á Isabel el que le había dado Ramón.
Isabel, que en un momento había comprendido la verdad de lo que pasaba, recordando la ligereza con que se fió el día antes del vizconde, tomó el papel y le leyó precipitadamente.
—Está—dijo á poco, regándole con sus lágrimas,—bien tendido el lazo. Pero ¿de dónde ha salido este papel que yo no he visto? ¿Cómo ha llegado á tus manos?
—Este papel venía dentro del estuche...
—Y cayó en poder de Ramón—continuó Isabel, que recordó entonces que éste fué quien le entregó á ella el aderezo;—y Ramón, como si también se conjurara contra mí, te le dió como una prueba de mi crimen.
—No culpes á Ramón todavía,—dijo Carlos intencionalmente.
—Tienes razón—repuso Isabel adivinándole:—mal puedo culparle cuando aún no me he disculpado yo. ¿No es así?
Carlos guardó silencio. Su mujer sollozaba. Á poco se enjugó ésta el llanto, miró á aquél serena y majestuosa, y