—Carlos—le dijo con voz entera,—comprendo que me sería imposible desvirtuar en este instante á tus ojos todas las pruebas con que me acusas: es ese tejido de infamias demasiado fuerte para que yo pueda deshacerle con una palabra. Sin embargo, antes de contarte la historia de ese que crees regalo, quiero, por lo que valga, hacerte una advertencia: si algún día hubiera sido yo capaz de faltar á lo que debo á tu honra y á la mía, mi propio decoro me hubiera obligado á decirte antes: «Carlos, me faltan fuerzas para resistirme; préstame las tuyas». Ahora, oye la verdad de lo ocurrido.

Y esto dicho, Isabel refirió punto por punto cuanto había pasado el día antes entre ella y el vizconde.

Carlos no podía tranquilizarse con aquella explicación ni con otra alguna, por muy palpable que apareciese la verdad: que en asuntos de honra, tanto duele perderla como el temor de que nos la crean perdida. Mas con respecto á la supuesta delincuencia de su mujer, daba más importancia á las aseveraciones, y sobre todo á la actitud de ésta, que á las alarmas y exageraciones de su hermano. Así, pues, no le sorprendieron los descargos de Isabel, porque los esperaba por el estilo desde que conoció los antecedentes del fatal asunto.

Pero quedaba en pie otro muy grave, para el que desgraciadamente no había disculpa ni remedio: el escándalo. Isabel y el vizconde eran demasiado conocidos en la alta sociedad para que el suceso dejara de haber transcendido ya á corrillos y salones. Éste era el verdadero clavo que atravesaba el corazón de Carlos. ¿Qué merecía el hombre que le había colocado á él en tan terrible situación? Por eso, desde que habló con su hermano, todos sus odios se convirtieron á un solo punto, á una sola persona: el vizconde.

Isabel, por su parte, era demasiado discreta para desconocer la inmensidad de su desdicha. No dudaba que ante Carlos, que la conocía bien, le sería dable justificarse; pero ¿cómo se justificaría ante el mundo? Esta idea le arrancó del corazón un torrente de lágrimas.

Carlos, que no le había contestado una palabra al oir sus explicaciones, la dejó intencionadamente sumida en aquel dolor, y salió del gabinete. Entró en el suyo, se vistió precipitadamente, rogó á su hermano que acompañase á Isabel, cuyo estado le refirió, mientras él volvía, que sería muy pronto; encargóle también que entre tanto no dijese á nadie que faltaba de casa, y salió de ella apresurado.

XII

Momentos después se hallaba Ramón al lado de su cuñada: ésta dolorida y sollozando; el otro con el corazón oprimido, pero sereno. Cuando Isabel notó la presencia de Ramón, le dijo con acento triste:

—¡Qué mal hiciste en no haberme advertido lo que pasaba, antes que á Carlos, desde que adquiriste la primera sospecha!

—Culpa fué de tu marido, que no me consintió hablarte de lo que me saltó á los ojos apenas llegué á esta casa.