—¡Cuánto dolor me hubieras evitado!
—¡Dejando que el mal extendiera sus raíces, y fueran mañana la afrenta y el escándalo más grandes! ¿Te parece?
—¿Luego tú también me crees culpada?
—Creo, Isabel, lo que he visto ayer, lo que me pasó anoche y lo que está pasando hoy. Nada más, y es bastante.
Isabel se ahogaba bajo el peso de esta nueva indirecta acusación, remedo de las que le harían, fundadas en las mismas apariencias, aun las personas que más trataran de favorecerla. Buscando algún alivio á su pena, hizo, lo mismo que á Carlos, la relación de los hechos verdaderos; pero era Ramón bastante más aprensivo y obcecado que su hermano, y si bien oyó con gusto las disculpas, no las aceptó con la fe que hubiera deseado.
—Ya ves—prosiguió Isabel,—cómo me hubiera sido imposible evitar lo que está sucediendo.
—No tanto—dijo Ramón,—si hubieras sido un poco discreta en leer fisonomías.
—No comprendo...
—Porque no te dedicaste jamás á estudiar la de tu marido, como era tu deber.
En esto apareció la marquesa, en traje de confianza, afectuosísima, locuaz, hecha un brazo de mar, inaguantable.