Isabel apenas tuvo tiempo para secar sus ojos y tomar una actitud que revelara menos la tormenta que corría su alma.
—Buenos días, Isabel... señor don Ramón—dijo la invasora tendiendo la mano al aludido, que no podía comprender aquella explosión de repentino afecto hacia él,—doy á usted los más cumplidos y sinceros parabienes...
—¡A mí, señora! ¿Y porqué?
—¿Por qué? Por lo que hizo usted anoche... y eso que no debía perdonar el desaire que me dieron ustedes marchándose de allí sin decirme una palabra... Pero, en fin, algo había que dispensar en unas circunstancias como aquéllas... además de que, por otra parte, yo no soy rencorosa, y prueba de ello es que estoy aquí tan pronto como he dejado la cama.
—Muchas gracias,—dijo Isabel calando la intención de su amiga.
—¡Oh! no hay por qué, Isabel—continuó aquélla con una movilidad que mareaba.—La verdad es que el sitio, la ocasión y demás, no justificaban mucho un atentado semejante; pero, por otro lado, el señor guardaba el decoro debido, y no todos están obligados, por nacimiento, por educación ó por costumbre, á llevar el frac con todo el chic de rigor. ¿No es cierto?... Yo no sabía nada de lo ocurrido más que el porrazo y el consiguiente barullo; pero cuando ustedes salieron, pude averiguar que el vizconde había querido reirse de usted á sus mismas barbas...
Isabel y Ramón se miraron, dudando ambos que la marquesa hablara de buena fe y que no les ocultase la verdad de los rumores esparcidos por el salón á raíz del suceso.
La charlatana continuó sin fijarse en aquella mirada ni en el rubor que asaltó las mejillas de Isabel.
—El caso es que el vizconde merecía un correctivo ejemplar, porque es vano y lenguaraz como él solo, y que al cabo le encontró donde menos podía esperarle. Y adviertan ustedes que lo que hizo anoche no vale nada en comparación de lo que suele hacer á cada instante... ¡Oh, algún día le van á costar aún más caras sus calaveradas; y á fe que lo tendría bien merecido! Para él no hay nada sagrado, y lo mismo atropella reputaciones que cambia de vestidos... Figúrense ustedes que ayer tarde entró en la tienda de un joyero cuando más llena estaba de ociosos; tomó un riquísimo aderezo que, por lo visto, deseaba adquirir la Rocaverde; llamó á un dependiente después de escribir un billete tiernísimo, cuyo contenido leyó á gritos; metió el billete en el estuche; entregó éste al dependiente, y le dijo con voz muy recia: «á casa de... Fulana (no se me ha dicho el nombre) y entrégasele á ella en propia mano». ¡Calculen ustedes qué rechifla se armaría allí, y cómo quedaría la honra de aquella mujer... y la de su marido, porque, según parece, es casada!...
Á medida que iba hablando la marquesa, las rosas de las mejillas de Isabel tornábanse poco á poco en lirios; íbanle faltando las fuerzas al mismo tiempo, y próxima estuvo á desplomarse bajo el peso de su vergüenza; pero la consideración de que la falsa amiga estaba más al tanto de la verdad que lo que aparentaba y de que se expresaba así por herir más impunemente, la prestó, en un acceso de indignación, los bríos que necesitaba.