Iba á continuar sus irónicas lamentaciones la marquesa, gozándose en el martirio de su amiga; pero ésta, levantándose airada,
—¡Basta!—la dijo.
—¿Por qué me interrumpes en ese tono?—preguntó la marquesa dulcificando el suyo y fingiéndose sorprendida.
—Porque tu conducta en este momento está siendo más vil que la de tu vil amigo al hacer lo que nos has referido.
—¡Isabel!...
—Sí, porque estás abusando villanamente del arma que ha puesto en vuestras manos una desdichada casualidad; porque estás sirviendo admirablemente los fines de ese infame calumniador, avezado á los triunfos fáciles que mujeres... como tú, le han procurado, haciéndole creer que todas somos lo mismo; porque estoy resuelta á no consentir que siga adelante esa criminal burla, y á hacer que comprendan los que hoy me difaman la diferencia que hay entre una mujer de honor y una despreciable... cortesana.
Verde, amarilla, azul, jaspeada se ponía la marquesa al oir á Isabel; quería contestar, y le faltaba la voz; quería imponerse con un ademán, y le faltaba el movimiento: estaba allí clavada, rígida como una estatua, condenada á oir sin replicar aquellos apóstrofos de acero.
Ramón desconocía á su cuñada; aplaudía en silencio su actitud, y comenzaba á creer en su inocencia.
Entre tanto, Isabel, no creyéndose satisfecha con lo que había dicho, cogió el malhadado aderezo, que aún estaba sobre su tocador, conforme le había dejado al quitársele la noche antes, y arrojándole en el suelo á los pies de la marquesa,
—¡Toma!—le dijo con ira y desprecio, mientras saltaba la alhaja hecha pedazos,—por si, creyéndola debida á tu adorador, es esa prenda la que mueve á esgrimir contra mí el puñal de tu despecho... ¡Pero vete, y no encones más con tu presencia los recuerdos del tiempo que he estado concediéndote una amistad que no merecías!