La marquesa, que seguía siendo, más que una mujer, un autómata, miró á Isabel como una hiena, y echando espumarajos por la boca, y lágrimas de rabia por los ojos, salió como una exhalación.

—¡Esto es demasiado, Ramón!—exclamó Isabel al quedarse sola con éste, dejando correr de nuevo el llanto por sus mejillas.

—Y ¡qué has de hacerle ya, desdichada?—la dijo Ramón vivamente conmovido.

—¡Cómo!—replicó Isabel fuera de sí.—¿Será posible que una mujer como yo no pueda demostrar su inocencia; que una mujer que no tiene que arrepentirse ni siquiera de un pensamiento indigno, haya de verse obligada á bajar su frente ante el mundo como una criminal? ¿Con qué justicia, Ramón?

—Con la de ese mismo mundo, Isabel, en que se confunden tan fácilmente las honradas con las perdidas.

—¡Es que yo desharé esas apariencias que hoy me condenan!

—No lo dudo; pero ¿cómo?

—No lo sé; pero necesito hacer algo con ese fin... Por de pronto, salir de aquí... ir á... ¿Me quieres acompañar, Ramón?

—Sin duda... Y ¿adónde vamos?

—¡Qué sé yo!