Y tiró del cordón de la campanilla. Presentóse un criado, y le mandó que pusiesen al momento un coche.

Mientras se vestía precipitadamente, recogía Ramón del suelo los pedazos dispersos del aderezo, y murmuraba al propio tiempo:

—¡He aquí un caudal despilfarrado, que, como todos los despilfarros y por castigo de Dios, no ha traído sobre el despilfarrador más que desventuras y tardíos arrepentimientos!

XIII

Veamos ahora qué hacía Carlos entre tanto.

Cuando se vió en la calle, y á pie, porque su afán no cabía en ningún carruaje, pensó que todos los transeuntes le señalaban con el dedo, y leían cuanto pasaba por su corazón. Con ésta y otras análogas preocupaciones, aceleró el paso, y en muy pocos minutos llegó á casa del vizconde. Hízose conducir á su presencia inmediatamente, y le halló departiendo con los dos personajes que habían ido poco antes á conferenciar con Ramón.

Al verle el vizconde enfrente de sí, sintió algo, como escalofrío, que subiendo del pecho le puso el semblante más pálido que lo de costumbre. No diré que aquello fuese señal de miedo, pero tampoco que se pareciese al color de la arrogancia.

Cuando dos hombres se hablan por primera vez, en las circustancias ordinarias de la vida, siempre la mirada del uno domina á la del otro, porque es muy raro que los dos valgan lo mismo, y desde aquel instante queda el dominado á merced de la razón del dominante. Cuando los que se encuentran son el juez y el reo, no hay para qué decir quién vence á quién. Por eso no digo yo cómo miraba Carlos al vizconde y cómo miraba el vizconde á Carlos.

—¿Me esperaba usted?—le preguntó éste con voz entera y en una actitud en que jamás se le había visto.

—No por cierto—respondió el interrogado, menos seguro de sí mismo.—Ningún asunto había pendiente entre nosotros, y ésta es la primera vez que he tenido el gusto de ver á usted en mi casa.